Cuando asistimos a las caravanas médicas, para dar consultas gratis a las comunidades, a veces llegamos a pueblos muy pobres que por lo mismo carecen de agua potable, luz eléctrica y no tienen los servicios más indispensables, como un baño o una letrina; normalmente permanecemos en estos pueblos durante una semana, sobreviviendo con lo que hay y con lo que la gente del poblado puede ofrecer.
Por lo general, en estos casos, comenzamos la jornada desde las 9 de la mañana y hacemos una pausa de dos horas solamente para ir a comer y descansar un rato. Reanudamos las consultas a eso de las 16 horas y terminamos hasta la hora en que la luz del sol nos permite trabajar.
Por lo anterior sería lógico pensar que todos los que participamos en estas jornadas o caravanas médicas estamos siempre plenamente conscientes de las precarias condiciones en que habremos de desempeñarnos como médicos, y que, por tanto, sabremos adaptarnos a dichas circunstancias sacando el máximo provecho de ellas en beneficio de los pacientes.
Sin embargo, como en toda regla, siempre hay una o varias excepciones. Y este es precisamente el caso al que quiero referirme aquí.
Hace aproximadamente diez años se incorporó a estas mencionadas caravanas médicas una doctora muy simpática, de Guadalajara, quien al parecer nunca había salido a trabajar a las comunidades rurales.
En su primera visita a uno de estos pequeños pueblos apartados de las “ventajas” de la urbanización, la doctora mostró un comportamiento digno de asombro. El primer día pasó inadvertida, no hizo nada extraño o que nos llamara la atención, pero al día siguiente, cuando llegó el momento del descanso la doctora preguntó al grupo de médicos por el retrete; una compañera se ofreció inmediatamente a escoltarla pues había que alejarse bastante del área de consulta, a fin de hallar un sitio apartado, solitario y protegido de cualquier mirada indiscreta: había que adentrarse en el monte.
Teniendo en cuenta su falta de experiencia para laborar en estas condiciones, debió haberle parecido muy raro a la doctora que alguien tuviera que acompañarla. No tenía idea de que estaba siendo conducida a un lugar que le resultaría del todo desagradable. Tratando de instruirla en esta nueva experiencia sanitaria, la doctora que la escoltaba no dejó de darle consejos en todo el trayecto; precisamente, uno de ellos fue que recogiera las piedras que se hallaban en el camino; la cara de sorpresa de la doctora debió ser tan evidente, que la compañera también tuvo que explicarle el por qué de ello: para hacer sus necesidades, ella tendría que trepar hasta la rama alta de un árbol. Esta explicación, por supuesto, sólo llevó a otra interrogante, ¿para qué tenía que treparse? La respuesta no fue menos sorprendente que la primera: treparía al árbol para evitar ser molestada por los cerdos, que ya marchaban precipitada y atropelladamente detrás de ellas, como sabiendo lo que sucedería.
Sumando un dato al otro, la doctora descubrió que se trataba de hacer algo a lo cual ella de ninguna manera estaba acostumbrada, y ni siquiera dispuesta a experimentarlo. Horrorizada por esta práctica de fecalismo al aire libre, la doctora simplemente dio la vuelta y regresó a sus labores de consulta. Al día siguiente, a primera hora, la doctora se despidió sin dar muchas explicaciones y nunca más volvió a participar en nuestras caravanas médicas. Aunque jocosa, la anécdota solo la conocimos tiempo después, ya que en su momento cada quien estaba ocupado con sus responsabilidades, y aunque comprendimos la inexperiencia de la doctora, el incidente no dejó de ser tema de chuscos comentarios de ahí en adelante.
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